Mis nuevos miedos
- Feb 2, 2018
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Yo nunca fui una persona miedosa. De verdad que no. De hecho, fui bastante aventada: viajé sola desde chica, me lancé de un bungee, nadé con tiburones, cambié de ciudades, renuncié trabajos, en fin. Nada miedosa. Hasta que conocí a mi esposo.
Me acuerdo de estarme subiendo a un avión con él, para ir a DF por una cuestión familiar y me acuerdo de desear mucho, mucho, que nada nos pasara. Claro, siempre que vuelas hay una ligera aflicción normal, un "que todo salga bien" implícito, pero este era un miedo que subia de a poquito por mi estómago hasta mi garganta, casí necesitaba pedirlo en voz alta. Me dió mucho miedo que algo pasara y que yo no pudiera seguir siendo tan feliz con él.
Al tiempo de eso, nació nuestro primer hijo. Y fuí aún más feliz. Y tuve aún más miedo. Me daba miedo que dejara de respirar y no me diera cuenta. Me daba miedo caminar con el en su mochila, tropezarme y caerme encima de el, me daba miedo que me lo arrabataran de las manos, que me lo robaran y no pudiera correr lo suficientemente rápido o gritar lo suficientemente fuerte. Tuve mucho miedo de todas las cosas que podrían pasarle y de todas las cosas que podrían pasarme a mi, miedo de cualquier cosa que nos impidiera seguir juntos, de cualquier cosa que estuviera fuera de mi control.
Hasta que comprendí que ese era el meollo del asunto: el control. Fui a una sesión de coaching ontológico y solo gracias a eso pude subirme a un avión 10 horas para que mi hijo conociera a la familia de su papá. Fue un vuelo espantoso, en mi cabeza -en la realidad fue un vuelo espectacular- tuve que mantener a raya los pensamientos negativos cada segundo de lo que duró el traslado, llegué exhausta!
Todo esos miedos se agolpaban uno junto al otro y no me dejaban terminar de disfrutar mi maternidad, hasta que poco a poco empecé pensar cada vez menos en esas cosas malas. No sé si es un tema hormonal o si fue una especie de depresión post parto, pero por ahí del año empecé a pensar que tal vez nada de esas atrocidades nos pasarían y a tener una salud mental mas o menos normal.
Ahora que tiene poco más de tres años ya casi nunca pienso en fatalidades, estoy más relajada o más resignada. Me ha costado mucho aceptar que no voy a poder protegerlo de todo y que la mayoría de las cosas que podrían pasarle no están en mis manos y que eso es la vida. La vida tiene altas y bajas y yo no puedo, ni debo, controlarlo todo. Aún me cuesta, eh? yo soy de la idea de que todo lo que PUEDA ser prevenido, DEBE ser prevenido; pero también he aprendido de que con un niño se rompen todos los esquemas y todo lo que tenías predispuesto en la cabeza simplemente puede no suceder hoy.
Gracias a la fotografía he constatado que cada niño es diferente y que si les das su tiempo, su espacio y respetas sus ritmos, hermosos recuerdos pueden surgir en el set, así que espero que con esa misma filosofía, si dejo que fluya todo, hermosos recuerdos puedan salir de la vida!















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